Cuando Dios cobró consciencia de la belleza que residía en cada una de sus creaciones frutales se dio cuenta que el destino que para ellas había dispuesto era inaceptable. Nunca ninguna de sus creaciones había coloreado de tal manera el paisaje y nunca ha ninguna de ellas les había deparado tal desolador destino... morir a los pocos días de nacer en el estómago de algún animal. Fundido por los ácidos, triturado por los dientes.
Es por eso que se decidió a crear el País Frutal. Un reducto donde todas las frutas podrían vivir libremente. Para ello les entregó consciencia, les añadió extremidades y lo más importante... las partió por la mitad. Así quedaba definido el nuevo destino de sus experimentos más recientes, cada media fruta debería encontrar a otra mitad con la que fundirse, a otra mitad con la que convivir.
Nos centraremos ahora en la historia de un habitante de ese país. Una media-ciruela amarillenta que nada tenía que envidiar a sus vecinos las media-ciruelas moradas (en aquella época las media-ciruelas amarillas eran despreciadas). Al poco tiempo de nacer la media-ciruela amarillenta comprendió cuál era su destino. Debía viajar por el País Frutal y conocer muchas media-frutas. Aparte de sus ansias de viajar, mayores eran sus ansias de huir de la aldea-ciruela en la que vivía. La trataban mal por ser amarillenta y le reprochaban que su sabor no debía ser ni la mitad de dulce que sus vecinos los morados. "Así nunca encontrarás tu mitad" le habían dicho más de una vez. Frustrado por este pensamiento decidió marcharse para siempre.
Durante sus viajes conoció a muchas mitades. Entre ellas la mitad-fresa con la que compartió largos años (una mitad-fruta tarda por lo menos 1500 años más en madurar que una fruta normal). Tras varios años de convivencia en la aldea de las mitad-fresa empezó a notar que le faltaba algo, no sabía muy bien el que pero pese a mantener una vida tranquila y feliz comprendió que su lugar no estaba entre las mitad-fresa. Tras una amarga despedida (y eso que aquellas mitad-fresa eran especialmente dulces...) retomo su viaje.
Pasó largos años vagando por el País Frutal. Visitó a las mitad-melocotón, mitad-kiwi (que eran muy peludas), conoció a una mitad-naranja muy peculiar (que se hacía llamar así misma media-naranja) e incluso se fue de vacaciones con una mitad-pera con la que compartió grandes momentos. Sin embargo, al tiempo de fundirse con estas mitad-fruta siempre sentía que le faltaba algo.
Llegaron salados momentos (que es la peor depresión que puede sufrir una mitad-fruta) y la soledad inundó el hueso de nuestra mitad-ciruela amarillenta. Desesperado, comprendió que quizás sus vecinos morados tenían razón y que no era más que una mitad-fruta que estaba condenado a vagar por el mundo sin encontrar nunca la felicidad. Viajó sin rumbo hasta que se asentó durante unos años en la unión de aldeas de las mitad-fruta-pasa. Se dice que estas mitad-fruta se refugiaron en la oscuridad y se marchitaron. Odiando al resto del país perdieron su color y su sabor. Por suerte, en cuanto la mitad-ciruela se enteró de los maléficos planes de la unión de aldeas de conquistar todo el País Frutal les abandonó. Todo esto cuando su piel ya había empezado a perder el radiante color de antaño.
En ese preciso momento Dios tiró los dados.
La siguiente aldea con la que se topó nuestra mitad-ciruela parecía algo distinta a simple vista. Algo distinta porque... le resultaba familiar. Pasó por el gran portón de la entrada y sus ojos frutales se salieron de las órbitas. Ante él vio calles llenas de mitad-ciruelas amarillentas. Lágrimas azucaradas brotaron de sus ojos y en cuestión de segundos su cuerpo recuperó el brillante color que durante tantos años había paseado por el mundo. En un lado de la calle, sentada en un banco, vio a la mitad-fruta más bella que jamás pudo imaginar. Amor a primera vista. Lleno de júbilo y una renovada energía por vivir corrió hacia la mitad-ciruela. En ese momento junto al amor de su vida apareció un mitad-ciruela que abrazó a su amor y se fundió con ella en un eterno beso.
Minutos después de aquella aberrante escena nuestra mitad-ciruela corrió despavorido hacia el acantilado que flanqueaba la aldea, dejándose caer para crear un charco de zumo que muy poco tardaría en ser absorbido por la tierra.
Dios aprendió mucho de aquel suceso.
Es por eso que se decidió a crear el País Frutal. Un reducto donde todas las frutas podrían vivir libremente. Para ello les entregó consciencia, les añadió extremidades y lo más importante... las partió por la mitad. Así quedaba definido el nuevo destino de sus experimentos más recientes, cada media fruta debería encontrar a otra mitad con la que fundirse, a otra mitad con la que convivir.
Nos centraremos ahora en la historia de un habitante de ese país. Una media-ciruela amarillenta que nada tenía que envidiar a sus vecinos las media-ciruelas moradas (en aquella época las media-ciruelas amarillas eran despreciadas). Al poco tiempo de nacer la media-ciruela amarillenta comprendió cuál era su destino. Debía viajar por el País Frutal y conocer muchas media-frutas. Aparte de sus ansias de viajar, mayores eran sus ansias de huir de la aldea-ciruela en la que vivía. La trataban mal por ser amarillenta y le reprochaban que su sabor no debía ser ni la mitad de dulce que sus vecinos los morados. "Así nunca encontrarás tu mitad" le habían dicho más de una vez. Frustrado por este pensamiento decidió marcharse para siempre.
Durante sus viajes conoció a muchas mitades. Entre ellas la mitad-fresa con la que compartió largos años (una mitad-fruta tarda por lo menos 1500 años más en madurar que una fruta normal). Tras varios años de convivencia en la aldea de las mitad-fresa empezó a notar que le faltaba algo, no sabía muy bien el que pero pese a mantener una vida tranquila y feliz comprendió que su lugar no estaba entre las mitad-fresa. Tras una amarga despedida (y eso que aquellas mitad-fresa eran especialmente dulces...) retomo su viaje.
Pasó largos años vagando por el País Frutal. Visitó a las mitad-melocotón, mitad-kiwi (que eran muy peludas), conoció a una mitad-naranja muy peculiar (que se hacía llamar así misma media-naranja) e incluso se fue de vacaciones con una mitad-pera con la que compartió grandes momentos. Sin embargo, al tiempo de fundirse con estas mitad-fruta siempre sentía que le faltaba algo.
Llegaron salados momentos (que es la peor depresión que puede sufrir una mitad-fruta) y la soledad inundó el hueso de nuestra mitad-ciruela amarillenta. Desesperado, comprendió que quizás sus vecinos morados tenían razón y que no era más que una mitad-fruta que estaba condenado a vagar por el mundo sin encontrar nunca la felicidad. Viajó sin rumbo hasta que se asentó durante unos años en la unión de aldeas de las mitad-fruta-pasa. Se dice que estas mitad-fruta se refugiaron en la oscuridad y se marchitaron. Odiando al resto del país perdieron su color y su sabor. Por suerte, en cuanto la mitad-ciruela se enteró de los maléficos planes de la unión de aldeas de conquistar todo el País Frutal les abandonó. Todo esto cuando su piel ya había empezado a perder el radiante color de antaño.
En ese preciso momento Dios tiró los dados.
La siguiente aldea con la que se topó nuestra mitad-ciruela parecía algo distinta a simple vista. Algo distinta porque... le resultaba familiar. Pasó por el gran portón de la entrada y sus ojos frutales se salieron de las órbitas. Ante él vio calles llenas de mitad-ciruelas amarillentas. Lágrimas azucaradas brotaron de sus ojos y en cuestión de segundos su cuerpo recuperó el brillante color que durante tantos años había paseado por el mundo. En un lado de la calle, sentada en un banco, vio a la mitad-fruta más bella que jamás pudo imaginar. Amor a primera vista. Lleno de júbilo y una renovada energía por vivir corrió hacia la mitad-ciruela. En ese momento junto al amor de su vida apareció un mitad-ciruela que abrazó a su amor y se fundió con ella en un eterno beso.
Minutos después de aquella aberrante escena nuestra mitad-ciruela corrió despavorido hacia el acantilado que flanqueaba la aldea, dejándose caer para crear un charco de zumo que muy poco tardaría en ser absorbido por la tierra.
Dios aprendió mucho de aquel suceso.
6 comentarios:
Woh, es un relato con moraleja entre psicotrópico, dramático y esperanzador. Me ha gustado! ^_^
Realmente genial ;)Con lo buenas que son las ciruelitas amarillas xD
¡Muchas gracias! La verdad es que no me atrevia ha publicarlo... me daba verguenza. Llevaba dias en que me rulaba por la cabeza la imagen de medias frutas caminando y el domingo por la tarde no pude evitar escribir algo sobre ellas!!
Muchas gracias por los comments, me alegro de que os haya gustado.
Un saludo!!
xDDDDDDDDDDDD
¡Cómo te pasas! xD Pobre ciruela. Me ha hecho mucha gracia. xD
Jill: Gracias! No podia concebir este post si un comment tuyo! :)
Nunca volveré a mirar a una ciruelita de la misma manera!!! :O
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